Última Hora, 15 de febrero de 2026
El mítico establecimiento de la plaza de las Tortugas celebra casi un siglo de resistencia con ‘llonguets’ y ‘variats’ en su carta
El término ‘llagosta’ procede de un camarero bromista ante un cliente que pidió el bocadillo más barato de la carta
Onofre Flexas padre avisa: «El bar Bosch no se vende mientras yo viva»
Texto: Gemma Marchena
Aunque no lo registraron en su momento en la Oficina de Patentes, advierten que son los inventores de la llagosta, uno de los platos emblema de Palma. Hoy tienen motivos para soplar velas. Muchas velas. El 15 de febrero de 1936, solo cinco meses antes de que se iniciara la Guerra Civil, abrió sus puertas el mítico bar Bosch.
Contaban las crónicas de la época que «el nuevo establecimiento está montado a la moderna y su decoración, aunque sencilla, es de refinado gusto. Su propietario –don Jaime Bosc– obsequió a los numerosos invitados entre los que predominaba el bello sexo, con pastas y vinos generosos, brindándose por la prosperidad del nuevo negocio», decía el periódico El Día. El bar Bosch ocupaba los antiguos Almacenes Figuerola en la plaza Pío XII, como se conocía antes a esta céntrica ubicación. El historiador Manuel García Gargallo, que siempre bucea en las hemerotecas, halló las crónicas de la época que sacaban del olvido la casi centenaria inauguración.
El fundador del bar Bosch era Jaime Bosch Covas, cuya familia provenía de Andratx. Tras su jubilación, en 1975 tomó el relevo Onofre Flexas, que también tenía raíces en Andratx y s’Arracó, tierra de grandes cocineros como mestre Tomeu Esteva o de chefs que emigraron y abrieron su propio restaurante en Francia.
Onofre Flexas, que ya ha cumplido 84 años, y sus hijos, Onofre y Carlos, están iniciando los preparativos para celebrar a lo grande el aniversario que roza el siglo. Aunque antes, aprovechando la temporada baja, «haremos obras de reforma en la planta baja, pero seguimos sirviendo en la terraza y en la planta de arriba». Por lo tanto, la celebración se pospone al 12 de junio, día de San Onofre.
«Aquí se inventaron las llagostes», cuenta con orgullo el patriarca del bar Bosch, que advierte que hay dos versiones de la historia, «la explicación lógica y la romántica». Onofre hijo explica: «La versión lógica dice que a diferencia de los llonguets que se hacían en otros bares, aquí se tostaba con el tomate restregado y tomaba el tono rosado de la langosta». Era la langosta del pobre. La leyenda más literaria advierte que «un cliente vino aquí a pedir el bocadillo más barato y un camarero, con mucha retranca, dijo ‘preparadle una langosta a éste’. Le gustó tanto que al poco volvió y dijo: ‘¿Me podéis hacer lo mismo pero con queso?’. Así que el camarero pidió una llagosta con queso». Quedaba así inaugurado uno de los platos emblema de Ciutat.
Los Flexas descubren la ciencia de las llagostes: «Es un panecillo blanco que va tostado. El llonguet se hace a mano y lleva una cocción diferente porque se acaba en la plancha». De media pueden servir 600 llagostes diarias, aunque hay días que la cifra se dispara. El pan viene de varios hornos de la Isla y los tomates de ramellet, de cooperativas de payeses. Cuando Palma abandonó el llonguet, los Flexas advierten que «nosotros fuimos la resistencia y lo mantuvimos».
Cuando se hizo con las riendas del Bosch, Onofre Flexas padre no era ajeno a la hostelería. «Teníamos dos bares en la Puerta de San Antonio, Can Salat y Ses Sis Portes». En los años 60, señala, «aquello aún no era el Barrio Chino, sino el centro comercial, lleno de tiendas en la calle Sindicat. Aquello era el centro neurálgico», recuerda el patriarca. Allí confluían autobuses que venían de la Part Forana y la red de tranvías de Palma.
A través de un amigo se enteró de la jubilación de Jaime Bosch y decidieron hacerse con el negocio: «Solo tenía siete mesas en la terraza». En los últimos veinte años, el centro comercial se desplazó al Born, «muy favorecido por el turismo».
De Mestre Tomeu Esteva recuerdan que, además de andritxol, «fue uno de los impulsores de la Mostra de Cuina Mallorquina, que durante sus primeras ocho ediciones se celebró aquí al lado». Antes de la plaza Juan Carlos I en la época se la conocía como plaza Pío XII.
La ubicación estratégica del bar Bosch les permitía recibir a toda la farándula que salía de las sesiones del Teatre Principal, que buscaba una terraza para cenar y tomar las últimas copas. «Teníamos a Xesc Forteza, Sara Montiel, Chenoa, Michael Douglas, Felipe y Letizia cuando eran príncipes... Siempre ha sido un punto de encuentro», dice Onofre padre. Y tenían abierto hasta las tres de la mañana. «Ahora Palma está muerta a partir de la medianoche», se lamentan.
El bar Bosch se ha ido adaptando a los cambios. Por el camino se perdieron locales como el Teatro Rialto, el Formentor, la Granja Reus o la Granja Real conocidos cafés que congregaban a los palmesanos. Si el Formentor «era de lujo, el bar Bosch era pequeño y bohemio, lleno de artistas y escritores». En la plaza Pío XII, por aquel entonces, circulaban coches. Era una Palma más tranquila y relajada, de la que dan testimonios fotos antiguas.
Todo cambia y el bar Bosch ha ido introduciendo novedades. Mantiene sus llagostes pero ahora es posible pedirla de salmón y aguacate. Aparecen las ostras, «nos las piden los extranjeros», pero insisten en que los insulares siguen viniendo al Bosch y la tradición se mantiene: «Vienen hijos y nietos e incluso bisnietos de clientes que yo conocía», dice Onofre Flexas. Con los años han ido ampliando y reformando, creando un comedor en la planta de arriba o un pequeño hotel urbano al lado.
Y la fama del Bosch trasciende fronteras. Onofre padre dice que «una vez estábamos en Hamburgo y un alemán me reconoció». Aparecen en guías y en televisiones internacionales, pero ellos insisten en que «somos la resistencia» en un centro histórico que ha perdido su patrimonio gastronómico. Y una cosa quiere dejar clara Onofre Flexas padre: «El bar Bosch no se vende mientras yo viva». Le han hecho ofertas de todo tipo, pero dice que lo quiere con toda su alma. «Más que a sus hijos», dicen con sorna sus herederos Carlos y Onofre. «No, no, antes van los hijos y los nietos. Pero yo al bar Bosch lo quiero mucho», concluye con una sonrisa.