La Tajadera (núm. 80-81), enero de 2026
La historia está repleta de personajes que ostentaron un destacado papel en su momento, pero que fueron relegados al olvido total, por propios y extraños, por diversas causas. Es el caso de Rafael Ibáñez de Ibáñez, nacido en Fuentes Claras el 24 de octubre de 1796. Nacido en una familia nobiliaria, ingresó en el Real Seminario de Nobles de Madrid, centro destinado a formar cargos de la administración, el ejército o de la Corte. En su caso, siguió la carrera militar y regresó a su tierra: en 1829 era segundo comandante del batallón de Calamocha y en 1832 primer comandante en el de Daroca. Su carrera progresaba, según lo esperable en alguien de su condición.
Sin embargo, en 1833 muere Fernando VII y estalla la Primera Guerra Carlista, prolongándose hasta 1840. Ibáñez tomó partido por el carlismo y, gracias a su formación militar y conocimiento del terreno, se convirtió en uno de los primeros cabecillas del carlismo en la región. A grandes rasgos, en terreno turolense el carlismo obtuvo más apoyos en enclaves rurales, sobre todo en el Bajo Aragón; pero también en el Jiloca, tierra natal de Ibáñez. Mientras, en núcleos de población mayores predominaron los isabelinos.
Así, Rafael Ibáñez fue figura destacada del carlismo. Llegó a teniente coronel e incluso a general, participando y dirigiendo acciones de combate. Estuvo a las órdenes del jefe militar en la zona, el general Ramón Cabrera, y fue miembro de la Junta Superior Gubernativa de Aragón, Valencia y Murcia, con sede en Mirambel, organismo fundado por el pretendiente Carlos como ente político y administrativo.
Tras seis años de guerra, el 31 de agosto de 1839 tuvo lugar el Abrazo de Vergara entre los generales Espartero (liberal) y Maroto (carlista), en que depusieron las armas las fuerzas carlistas del País Vasco y Navarra. La guerra estaba perdida para el carlismo: muchos de ellos se rindieron y otros se pasaron al bando isabelino. Pero la Junta Superior de Valencia, Cataluña y Aragón publicó el 14 de septiembre un manifiesto en que comunicaban proseguir la lucha, firmado por sus miembros; entre ellos, Rafael Ibáñez.
Poco después el general Cabrera, ya como jefe militar único del carlismo, convocó a su estado militar en Cantavieja. Ya muy radicalizado, era partidario de resistir; pero sometió a votación la estrategia a seguir a sus mandos y planteó tres opciones: proseguir, pactar o rendirse. Rafael Ibáñez votó esta última, lo que para Cabrera supuso traición; además, afloraron supuestas pruebas de espionaje para el enemigo. Fuesen ciertas o no, Cabrera ordenó su ejecución junto a otros mandos, acusados de traición.
La muerte de Ibáñez fue especialmente cruel. No fue fusilado, sino que ataron sus extremidades a cuatro caballos que arrancaron al galope en direcciones opuestas y fue descuartizado. No sabemos si, al menos, recibió cristiana sepultura. Además, el castigo no acabó ahí: una partida llegó hasta Fuentes Claras y asaltó la casa de Ibáñez (la Casa Grande, enfrente de la iglesia parroquial), llevándose todo cuanto fuese de valor. Y perpetraron un hecho simbólico, pero humillante: picaron el escudo nobiliario del portal. Casi dos siglos después, así sigue.
Por todo ello, Rafael Ibáñez padeció una doble adversidad: perteneció al bando derrotado y, además, fue represaliado por los suyos. Entre unos y otros fue borrado de la historia. Solo sus descendientes lo recordaron, pues en la Casa Grande hubo unas pinturas que representaban su trágico final; pero la partición de la propiedad a principios del siglo XX provocó su dispersión y posiblemente hayan desaparecido. Solo la memoria oral de Fuentes Claras lo recordaba, lo que permitió rescatar su figura y redactar este relato.