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516. Velódromos en Mallorca, un patrimonio histórico y deportivo en ruinas o abandonado a su suerte

Última Hora, 25 de diciembre de 2025

Tirador es la gran excepción, al tener la condición de catalogado por el Ajuntament de Palma, mientras los de Campos o Algaida languidecen y en Santa María o Pollença asoman sus últimos restos

Texto: Fernando Fernández

Los velódromos forman parte del paisaje, incluso urbano todavía en algún caso como el de Tirador, pero también son parte del patrimonio urbanístico y deportivo de Mallorca. A principios del siglo XX, eran decenas los que estaban en activo en la Isla, aunque en la actualidad se pueden contar con los dedos de las manos. El Velòdrom Illes Balears —conocido como Palma Arena—, el de Son Moix o el Francisco Alomar de Sineu, la pista de Manacor en la Torre des Enagistes o de una forma más testimonial la de Ses Salines resisten en pie junto a otras que resisten, aunque abandonadas, otras de las que apenas asoman restos casi arqueológicos y otras que desaparecieron, engullidas por el urbanismo incipiente, el paso del tiempo u otras instalaciones deportivas o sociales. Unos recintos a cuya protección dio luz verde el Consell de Mallorca, con el fin de preservarlas y defender su valor histórico.

Un recinto legendario es el velódromo de Tirador, levantado en 1903 y cuya pista, aunque deteriorada, continúa en pie. Víctima de los okupas, fue catalogado por el Ajuntament de Palma y tuvo actividad hasta 1973, dando cobijo a la histórica Veloz Sport Balear, una de las sociedades más antiguas del deporte isleño, liquidada años atrás. Tras años de espera, Cort confía que en 2028 puedan finalizarse los trabajos de reforma y recuperación para integrarse dentro de parque y bosque urbano del que ya forma parte el antiguo Canódromo.

Sobre su cemento brillaron los más grandes del ciclismo mundial, entre ellos el gran Guillem Timoner; también murieron algunos, víctimas del vértigo de esas espectaculares carreras y velocidades; miles de mallorquines pasaron por Tirador para disfrutar de un deporte que era toda una pasión, el ciclismo en pista.

Un caso preocupante es el del velódromo de Campos, sin uso desde hace dos décadas (2003) y construido en 1935. Escenario de competiciones nacionales y locales, ahora languidece poblado por un grupo de okupas y a la espera de despejar su espacio legal con el fin de pasar a tener un uso comercial —actualmente es deportivo, pero de interés social—. Mientras tanto, la maleza se expande por la ‘pelousse’ y lo que fueron vestuarios dan cobijo a un grupo de norteafricanos.

No muy lejos, en Algaida, el velódromo Andreu Oliver, construido por el conocido empresario, mecenas y presidente de la Federación Balear de Ciclismo, está en venta —la propietaria es su hija— junto al resto de los terrenos colindantes, siendo difícil la operación. Allí también la naturaleza se ha hecho fuerte, pese a la robustez de su estructura. La última gran cita ciclista allí vivida fue el 70 cumpleaños y regreso a las pistas de Guillem Timoner (1996), un año después de su cierre, en 1995, apenas veinte años después de su apertura.

‘Arqueología’
Aunque décadas atrás fueron decenas, ahora, salvo los que están operativos o en un estado de abandono menos severo, existen casos muy llamativos de arqueología ciclista en toda regla. Se trata de velódromos que ya forman parte del pasado y de los que apenas asoman algunos vestigios, restos que forman parte de la historia y plasman el abandono que buena parte de ellos han padecido tras su cierre o fin de actividad.

Tres de ellos destacan porque siguen, de una manera u otra, presentes dentro del mapa o la toponimia de sus respectivos pueblos, como lo hicieron otros desaparecidos. Uno del que se ha hablado mucho recientemente está cerca de Palma, en una localidad con tradición ciclista como Santa María, cuna de grandes campeones como Antoni Gelabert. Allí se encontraba la ‘voltadora’ de Ca n’Andria, a las afueras de la localidad.

Los restos de lo que fue la pista asomaron durante años, tras poner fin a su actividad a principios de los 90, y después de ser reutilizada en los 70, cuando fue remodelada, e incluso sede de Campeonatos de España como el de Madison de 1973. Sus orígenes están en el año 1935, topando su construcción con la Guerra Civil, que estalló con las obras acabadas en 1936, pero frenando su uso, siendo escasa la actividad.

Sa Voltadora, como era conocida, pasó a ser propiedad del PSOE, que negoció con el Ajuntament de Santa Maria la venta de los terrenos, de uso deportivo, y cuya utilidad para la práctica del ciclismo era nula, quedando a la vista buena parte de lo que fue la pista, siendo una de las mejores muestras de esa arqueología deportiva que referíamos.

Durante la Segunda República, en una Santa María con gran afición al ciclismo, un grupo de trabajadores vinculados a la UGT y el PSOE compraron la finca de Ca n’Andria con el propósito de construir un velódromo, que levantaban al finalizar su jornada laboral. Al estallar la Guerra Civil, el velódromo (Sa Voltadora) estaba terminado, pero el anterior propietario no había ingresado lo pactado por los terrenos. Una vez acabado el conflicto, el Estado se incautó de la infraestructura, desatendiendo las pretensiones del anterior propietario, que pleiteó durante años para recuperarlos. Años después, el terreno regresó a manos de UGT, pero el PSOE recurrió y finalmente acabó siendo el propietario.

En la otra punta de la isla, en Artà, otro pueblo con tradición y afición ciclista, la ‘voltadora’ de Son Taiet apenas conservó en pleno abandono y deterioro restos de lo que debió ser su acceso o taquilla y de parte de la pista. Contó con actividad entre los años 1926 y 1941, dando paso a un nuevo recinto, Sa Pista (también conocida como Velódromo des Canyaveral o Na Carona), cuyo esplendor se concentró entre 1957 y 1964, cuando fue derribada, dando paso posteriormente a un barrio conocido con la primera de las denominaciones del recinto: Sa Pista. Fue escenario de competiciones locales, territoriales y nacionales, pero destacó el récord de la hora aficionado conseguido allí, en junio de 1959, por Sebastià Sastre (42,442 kilómetros) y que perduró hasta 1971.

Bahamontes sobre la pista 
Pero un caso especial es el de Pollença, donde Ca n’Escarrintxo, a las afueras y al inicio de la carretera Ma-10 (Serra de Tramuntana), que contó con una leyenda para su inauguración del calado de Federico Martín Bahamontes, primer español ganador del Tour de Francia, que rodó allí en junio de 1963, teniendo especial actividad hasta 1966 como Voltadora del Club Pollença.

Más adelante, ha sido escenario de la batalla de ‘Moros i Cristians’, además de acoger conciertos y actos culturales, habiendo sido años atrás el viejo campo de fútbol de la localidad, en uno de cuyos fondos asomaba el peralte de uno de los extremos de la pista de Ca n’Escarrintxo, ahora de titularidad pública (Ajuntament), pero que sigue mostrando una pequeña parte de aquel pasado glorioso de los velódromos y ‘voltadores’ como la que fue.

Una larga lista
Pero más allá de estas instalaciones tan emblemáticas hubo otros velódromos y ‘voltadores’ que ya forman parte del pasado y del olvido, en muchos casos en diferentes poblaciones de Mallorca, tal y como ha reportado el historiador Manel García Gargallo, quien se ha preocupado en ahondar en la cuestión durante los últimos años con diferentes publicaciones.

En el caso de Vilafranca, actualmente se ubican las instalaciones deportivas municipales de Es Molí Nou, por ejemplo. Se suman a la lista de pueblos o municipios con pistas ya borradas por el paso del tiempo Montuïri, Muro, Petra, Sa Pobla, Llubí, Lloseta, Inca, Felanitx —hasta tres se llegaron a documentar—, Esporles, Llucmajor (donde se documentaron hasta cuatro), Manacor —donde sigue una en pie—, Porreres, Sant Joan, Sant Llorenç, Consell, Algaida —además del Andreu Oliver hubo otros dos anteriormente—... La nómina es larga y refleja la trascendencia del ciclismo en la Mallorca de la primera mitad y mediados del siglo pasado.