jueves, 11 de abril de 2019

172. Mallorca y Eduardo VIII

Diario de Mallorca, 11 de abril de 2019

Suplemento cultural Bellver núm. 977

En agosto de 1934 el heredero de la corona británica inició un viaje por Europa

Mallorca ha inspirado o dado nombre a algunas obras del repertorio musical clásico que, en mayor o menor medida, se mantienen vigentes y con gran popularidad entre el público. Tal vez las más conocidas sean las piezas compuestas por Isaac Albéniz (1860-1909), para piano: Rumores de la Caleta (1887) y la homónima barcarola (1889), más conocidas en su arreglo para guitarra. La obra compositiva de Frederic Chopin durante su estancia en Valldemossa entre 1838 y 1839 merece un capítulo aparte, aunque no hay ningún rasgo en particular que evoque mínimamente la estancia del autor polaco en la isla. Además, más allá de un primer plano hay muchas otras obras, que yacen en el olvido o se ejecutan solamente en nuestro ámbito local.

Sin embargo, hay una pequeña obra apenas conocida y prácticamente desconocida por tratarse de una pieza de escasa significancia; pero las circunstancias que envolvieron su composición son de una enorme trascendencia. Se trata de la marcha lenta Mallorca, obra compuesta en 1934 por el entonces Príncipe de Gales, Edward Windsor (1894-1972), quien reinaría brevemente durante 1936 con el nombre de Eduardo VIII.

En agosto de 1934 el heredero de la corona británica inició un largo viaje de placer por Europa. El viaje alternó trayectos marítimos y por tierra, que convirtieron el viaje en un auténtica gira del futuro rey. Las etapas marítimas las hizo a bordo del yate Rosaura, un antiguo ferry a vapor (SS Dieppe) propiedad del multimillonario Walter Guiness. En el yate se encontraban numerosos invitados, entre ellos Wallis Simpson, esposa del hombre de negocios Ernest A. Simpson y llamada a tener un papel clave en esta historia, pues se rumoreaba que entre ella y el príncipe había algún tipo de relación.

Hasta entonces el Príncipe de Gales había protagonizado numerosos romances y flirteos, pero de escaso calado, y su relación con Wallis parecía destinada a ser una de tantas; pero durante el viaje surgió algo más, que reforzó los vínculos entre ambos. Según Wallis Simpson, fue en este crucero que se enamoró del Príncipe y “cruzaron la línea que marca el límite indefinible entre la amistad y el amor”.

El Rosaura visitó varios puertos del Atlántico y luego llegó al Mediterráneo. El 6 de septiembre de 1934 atracó en Palma y permaneció unas horas, saliendo para Formentor ese mismo día. La presencia del príncipe no era oficial y pasó casi desapercibido como un turista más, visitando la Seu de Palma y jugando al golf en Formentor. En total estuvo un par de días en la isla y luego salió en dirección a Cannes para reunirse con su hermano, el futuro Jorge VI. Sin embargo, a pesar de la fugacidad de su paso el impacto que la isla dejó en el Príncipe de Gales fue inusitadamente intenso: como recuerdo de su estancia compuso la única pieza musical que se le conoce, la marcha para gaitas Mallorca, que registró el 11 de febrero de 1935 en el Catalog of Copyright Entries.

La pieza es de una gran simplicidad, dura menos de un minuto y está compuesta dentro del estilo marcial y solemne de las marchas lentas para este instrumento. Podríamos aventurarnos a decir que su melodía evoca lejanamente un aire mallorquín, más por las circunstancias que rodearon su composición que por evidencias derivadas de un análisis musical sesudo, aunque su simplicidad melódica y armónica abre el abanico de posibilidades. La pieza se tocó en el ámbito local inglés sin aspavientos, destacando más que nada por su atípica autoría que por su valor musical real. Años más tarde, en 1972 el guitarrista mallorquín Bartolomé Calatayud (1882-1973) realizó un arreglo para guitarra, pero la pieza ha seguido siendo desconocida hasta hoy.

La marcha Mallorca fue testigo y consecuencia de un momento histórico clave. Sin saberlo, el Príncipe de Gales puso música a un momento vital que consolidaba una relación la cual cambiaría el rumbo de su vida y, de rebote, de la historia de su país y del mundo contemporáneo. La obra coincide cronológicamente y casi a la perfección con el momento en el que Edward y Wallis pasaron del flirteo a consolidar su relación, algo que llevaría al futuro rey a abdicar en 1936, después de apenas diez meses de reinado y dar paso a su hermano, quien reinaría como Jorge VI hasta 1952. Evidentemente hubo otros factores más allá de la manida renuncia por amor (su falta de neutralidad en asuntos de gobierno y sus veladas simpatías con el nazismo, entre otros), pero la visión romántica se ha impuesto tradicionalmente y Mallorca ha adquirido carta de naturaleza como banda sonora de una relación amorosa que cambió el rumbo de la historia. Un hecho en apariencia anecdótico, pero que en perspectiva tiene una importancia enorme a nivel documental. A pesar de su simplicidad, la marcha Mallorca fue antesala de un momento histórico apasionante y ejemplo de cómo lo anecdótico puede llegar a tener un peso enorme en nuestras vidas.

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